miércoles, 21 de septiembre de 2011

Pedro, te recuerdas ese día que llegaste de madrugada a mi casa, yo tenía que presentarme al cuartel Real Felipe; te recuerdas? Ese día tú me ibas a acompañar.Te recuerdas los detalles que te impresionaron?Qué no has olvidado?Qué recuerdos de ese día están impresos en tu memoria?Entiendo tu silencio. Del hecho han pasado más de treinta años. Fuiste un privilegiado... para mí. Estabas allí, en un día imborrable de la miserable vida que me tocó vivir.Quisiera que hagas memoria, quiero tu versión.Qué hiciste después que entré al cuartel por ese inmenso portón? Era cosa de las seis de la mañana. Sentiste frío? Sí, como ese insoportable frío que sentimos aquella noche en un pueblo al sur de Lima, cuando nos dirigíamos a Arequipa tirando dedo, a casa de Germán Ampuero; te acuerdas?Después que ingresé al cuartel ese día aciago, cuando te quedaste solo; qué pensaste? A que no te acuerdas. Qué día fue? Lunes, martes, miercoles, o... Qué fecha? Qué mes?
Es casi seguro, démosle el beneficio de la duda, no pensaste ni te imaginaste qué ocurrió cuando crucé ese portón. Hubiera sido sencillo no pensarlo, al fin y al cabo qué importancia tenía sentir lo que estuviera ocurriendo en carne ajena. Pues, nunca me sentí más solo y abandonado que esos primeros días en aquel ambiente hostil, en donde el conscripto era el gargajo, lo despreciable. A partir de ese momento, sí, de ese día que no precisas con claridad cuál día fue, que cambié mi forma de pensar, cambió el rumbo de mi vida.

El hogar, el calor de la familia y los amigos, todo resultaba tan acogedor y placentero; el colegio, haber destacado como uno de los mejores alumnos de mi promoción, eso no tenía ningún valor para un miserable conscripto, la realidad, la verdadera realidad del mundo era otra. Pues te diré que me tocó la mala o buena suerte, no sé, de enfrentarme cara a cara con la realidad social de nuestro país. Serranos, cholos, negros, zambos; la mayoría gente de extracción humilde, sin la educación que mi familia cuidó de mí, a partir del momento que me viste cruzar hacia el interior del cuartel, fue mi mundo, mundo que cuidé no mostrarlo tan crudo como lo viví. Con el tiempo, en el silencio que me autoimpuse, descubrí que eso tenía un valor inestimable, que daría sus frutos.

Principio militar de ejercicio común aplica a los bienes del conscripto, cuya propiedad pasa a formar parte de la tropa, mayormente del clase, que es aquel que tiene rango; más la antigüedad que es jerarquía en la milicia, se hace sentir desde el soldado que no es clase.
Ese día dormí en el suelo de la entrada de una de las cuadras, junto a otros conscriptos. De noche me dio hambre, durante el día sólo había comido el sobrante de la comida de la tropa. ¿Qué podía hacer? Nada en absoluto, estaba en un lugar donde las leyes son otras, desconocidas por mí, ¿la primera de estas leyes militares? No tenía ningún derecho como conscripto. Así que estaba a merced de una voluntad por ahora desconocida e injusta a mi manera de ver el mundo. Esa experiencia me llevó en la vida a ser prudente, a examinar mi entorno, a conocer quienes lo controlan y a respetar las reglas sean cual fuesen si es que yo quería subsistir. El respeto al más fuerte no significa debilidad, no de ningún modo, es el arte de aprender a fumar debajo del agua.

No duré mucho, al cuarto día exploté. Tuve la oportunidad de cruzarme con un capitán, nada menos que un oficial; desahogué toda mi ira con voz fuerte, como nunca había hablado antes, sin ningún miedo, realmente me desconocía, era otro, expresé sin pelos en la lengua los maltratos de los cabos y sargentos hacia los civiles alistados: ¿qué es esto, una prisión? Dígame a ver, yo pensaba que estaba en un centro militar –un cuartel- iniciando mi Servicio Militar Obligatorio, esto es otra cosa, exijo respe… no terminé la palabra “respeto" cuando escuché estupefacto: ¡sargento Paucar! Dele tres días de calabozo a este fatal, estos asquerosos civiles creen que el cuartel es Huampaní.
Te recordé con nostalgia, Pedro, esos días en el calabozo a pan y agua, cuando nos sacaban en la madrugada, calatos, a bañarnos con manguera, en medio del frío que penetraba hasta los huesos, te recordaba y me decía como sería tan feliz estando en mi casa, al lado de los seres queridos, cuando escuchaba tu silbido anunciando tu llegada. Me marcó para siempre, pensé en esos terribles momento cuando cansado me acostaba en un maldito catre con hedor a orines; esto no puedo contarlo, esto me lo tengo que tragar, pero lo vomitaré algún día.


Cavilé esos días en el calabozo. Estaba indeciso entre quedarme o regresar a casa; tenía que hacer algo y rápido. Pensé de primera intensión inventarme una rara y contagiosa enfermedad que me liberara del cuartel; maquinaba mañana, tarde y noche entre la insoportable algazara de los presos, quienes indiferentes a mi presencia jugaban timba, bebían cerveza, fumaban con plena libertad no se cuanta cosa, con la displicencia cómplice de los guardias que hacían de centinelas. Ahí conocí a un personaje tenebroso de nombre Aniceto, el cual al caer la medianoche y con la ayuda de otros presos lograba escurrirse por una vieja rejilla dispuesta en el techo que servía de sumidero de cuanto hedor y podredumbre emanara de la celda; Aniceto salía hacia la calle, sin que nada ni nadie lo detuviera. Al caer las cinco de la madrugada regresaba Aniceto, borracho y drogado, colándose por donde había salido, por aquella inocente celosía. Mi decisión ocurrió el tercer día cuando salía compungido del calabozo. Te diré Pedro que lo que decidí lo asumí de último momento.

Pensé en ti Pedro, mi amigo de infancia, pensé en mi madre, en el locuaz silencio de mi padre, en la frustración que debía sentir el Dogo, botado de la escuela militar, en el chino pichín y el guardia Mora, intentando ambos sin suerte en ingresar a la milicia, en los lloriqueos constantes de Carlito Lombardi a su padre para que lo sacara de la escuela Naval, cadete a la sazón de primer año, pensé en mis miedos, malos consejeros y motivo de frustraciones constantes. Todos estos pensamientos llegaron a mí de una manera inesperada, en cosa de segundos. Lo más sorprendente que me ocurrió en ese instante fue la imagen que vi de mi futuro inmediato, arrumbado en mi casa, digno de lastima, sintiéndome un cobarde por no haber enfrentado mi nueva realidad. Ese no soy yo, me dije. En la puerta del calabozo, con la claridad del día cegándome los ojos después de haber pasado tres días en la oscuridad de una celda sentí una voz estridente que se dirigía a mí: pedazo de mierda, póngase esa ropa y sígame. Un soldado zambo, musculoso, con el cinto en la cintura y fusil en mano arrojó un paquete en el suelo, era la ropa de recluta, una vieja camisa kaki y un pantalón todo raído. Pedro, a partir de ese momento quemé la nave de regreso, asumí mi compromiso, fuese cual fuese.

Todas las situaciones extremas tienen sus relámpagos que tan pronto nos ciegan como nos iluminan. Este pensamiento no es mío sino de Víctor Hugo. Lo cito porque describe mi caso con extraordinaria perfección, lo que me ocurrió en el Servicio Militar Obligatorio. Podrás pecar de escéptico, es tu derecho, lo cierto es que soy un reflejo moral de ese quiste molestoso que lo fue para la familia y la juventud peruana. Me he dispuesto a explicarte ese conjunto complejo de vivencias, a mi manera, ojalá cumpla su cometido, en todo caso holgazanearas leyéndolo, si acaso en algún momento brotará en ti alguna reflexión. Si es así, me doy por buen pago.
Quisiera decirte que lo primero que me di cuenta es que le damos demasiada importancia a las formas, nos agobia, nos nubla, miramos la vida a través de este velo, y obviamente deformamos todo; nos olvidamos del fondo, no nos gusta nadar en las profundidades del mar, despierta en nosotros los temibles demonios que tenemos dentro.
Estuve diez días echando block en la casa del general Velarde, comandante del batallón. Tal fue, así como lo lees, mi periodo de formación de recluta. El comandante Velarde estaba haciendo una ampliación en su lujosa residencia en los alrededores del distrito de Monterrico. Recuérdate que estábamos en un gobierno militar de facto, a la cabeza el general piurano Juan Velasco Alvarado, los militares en este periodo tormentoso de la historia del Perú eran algo así como dioses, la verdad que se habían convertido en una casta social que todo lo absorbía, lógicamente en su peculiar manera de actuar: cogían o arrebataban lo que les interesaba. Ahí está la historia del ingeniero Banchero Rossi, el zar de la industria pesquera, que por su posición intransigente acabó asesinado, con un expediente de faldas, nada agradable para la mojigata sociedad peruana y sobre todo una piedra de escándalo para su familia que nunca se repuso de ese golpe perverso.

Para continuar con esta historia es importante que hagamos memoria, Pedro, de cómo era nuestras vidas en el Callao, que hacíamos, qué nos interesaba, muchachos al fin y al cabo. Recuerdo el tubo de la Lincoln, punto de reunión del grupo en horas tempranas de la noche.

Eso me ocurría en el cuartel, recordaba los encuentros en el tubo de la Lincoln, para mí un símbolo de la amistad del grupo de muchachos que nos reuníamos a diario. Sabíamos, no sé cómo, que alguien nos esperaba ahí en el tubo de la Lincoln. La salida de casa era semejante a la inercia, hacia allá íbamos sin preguntarnos por qué ni para qué. Lo cierto es que se conservó por mucho tiempo. ¿Cuándo murió? ¿Lo sabes Pedro? Pues cuando murió, murió parte de nosotros, de nuestra existencia. Ahora sólo es un recuerdo, y en este mundo onírico vivirá para siempre. Todo ha cambiado, hasta los intereses de los amigos de esa época; somos distintos, somos otros, unos seres extraños. Los sueños nos han llevado por realidades distintas e inesperadas. Nos resulta tan difícil conservar el patrimonio social. Pues sin éste somos seres ahistóricos, pasamos sin dejar ninguna huella en el camino. Sé que ya no existe el tubo de la Lincoln, tampoco existe aquel que abrumado por la pérdida gradual de su identidad haya erigido un monolito alusivo al tubo de Lincoln.

¿Te has preguntado alguna vez Pedro, el por qué de nuestro interés en el tubo de la Lincoln? Éramos un grupo de distracción para cada uno nosotros. Me di cuenta de este detalle, sin ánimo de desmeritar al grupo, cuando ingresé en la universidad de Lima, allá por el año 1974. Pues en la universidad de Lima tuve la oportunidad de participar en grupos de otro tipo, el más común, los grupos de estudios. En este grupo de amigos excelentes que aún los llevo en mis recuerdos, el interés central estaba en la universidad y en lo que nos exigía en cada asignatura. Empero, el grupo del tubo de la Lincoln era diferente, cundía la afectividad por sobre todas las cosas. ¿Teníamos actividades? Chercha, Pedro, siempre la chercha nos perseguía. Ayúdame a hacer memoria, que yo sepa no había otro interés de por medio. Un grupo sui generis por cierto, cerrado a la gente, a los muchachos que abundaban en la unidad vecinal, que no dejaban de observarnos. Fuimos un grupo estable y unido, pensaba y lo añoraba cuando hacía guardia en el puesto tres del cuartel, distrayéndome en medio del sueño de la madrugada, observando los escasos transeúntes que pululaban en la calle lima.

Quisiera preguntarte, Pedro, si sabes lo que es un cachaco. La pregunta no se dirige al prejuicio común de la gente, me refiero a los civiles, no, no, ese prejuicio tonto de un individuo disminuido por la pobreza, que está en el ejército porque la sociedad no le ofrece otra opción. Por si no lo sabes, un cachaco, un soldado de tropa, es una persona preparada, eso en primer lugar, sea cual sea y del origen que sea, lo demás que dicen es pura basura, no responde a la verdad. Lo descubrí, y para descubrirlo había que estar adentro, en el cuartel, que no te lo cuenten, que lo que dicen es pura patraña. No importa si es cholo, negro, zambo, si es de barrio o provinciano, si es rico o pobre. En mi vida, mi experiencia que lleva más de medio centenar de años, no he visto recurso humano más enfocado que un cachaco. La importancia de esta observación reside en que para obtener resultados en algún emprendimiento al que nos aboquemos, esto es, el logro de un objetivo en la vida, lo primero que debemos hacer es enfocarnos para lograrlo.

Cuartel es perfección, pero algo más; cuartel es severidad, pero algo más; cuartel es rutina,…pero algo más. Urdimbres impredecibles se tejían en el cuartel bajo el velo del silencio, bajo el arraigado hábito de repetir las mismas cosas desde que amanecía hasta que anochecía. Los hechos, parte de las tramas que subyacían en las bélicas entrañas, se presentaban sin conexiones aparentes. Un absurdo; en la guardia nada es improvisado, la planificación está enraizada hasta en los errores. Estando en el calabozo, ¿te recuerdas?, conocí al padre Jovino. Genovés, el padre Jovino tenía una sólida educación; egresado de la universidad de Roma con licenciatura en Filosofía y doctorado en religión comparada, se codeaba con militares y empresarios del Callao, con gente pobre por su condición de sacerdote, como de parroquianos pudientes. Me instó a que me confesara, al igual que todos los presos del calabozo. Ya tenía suficiente con los cambios drásticos en mi corta estadía para hacerle caso a un cura de marcado acento italiano, en apariencia intrascendente. Los demás presos le siguieron la corriente, cuando tocó mi turno lo rechacé de plano, no gracias, yo no necesito de confesión para sentirme bien. Sólo de escucharme cambió de actitud hacia mí, no volvió a insistir, más no dejó de mirarme con cierta curiosidad, como si hubiera encontrado algo que andaba buscando. ¿Qué haces tú aquí?, me dijo; tú no eres igual al resto ¿qué andas buscando en el cuartel? Muchas preguntas me hizo, Pedro. Al saber mi historia, y con el transcurrir del tiempo sentí que me tomó aprecio. Fue sentencioso, tú no eres para esto de la tropa, es probable que pases por el cuartel sin saber qué ocurre realmente en un castillo de tanta historia y de tantas intrigas. Me dejó pensativo por unos días, no supe de momento qué quiso decirme.
Tenía ansiedad, de momento no le hacía caso, minaba mi cerebro, no funcionaba como antes. Comprendí después, cuando empezaba a acostumbrarme a la vida del cuartel, que era fruto de la resistencia que hacía; me estaba convirtiendo en un rebelde para la guardia. Ante el cansancio de ejecutar cada orden que recibía, el silencio se apoderaba de mí, un espantoso silencio interior, empecé a perder la alegría, la frialdad invadió todo mi ser, mi escala de valores cambiaba vertiginosamente. Fingía, si Pedro, con ustedes jugaba a ser el mismo de siempre, aquel muchacho que tu conocías, a veces me resultaba difícil actuar, a ser el de antes de ingresar al cuartel. ¿Qué había pasado? Un guardia, un cachaco, lo es hasta que se muere. Esa fue mi conclusión. Después que pasas por el cuartel ya no eres nunca más el mismo; esa es la realidad, una realidad que llegó al extremo de rechazar la vida civil. Comprendí que en algún momento, no lo preciso, el cuartel reemplazó mi hogar.
El primer contraste que sentí Pedro, esto ocurrió sin darme cuenta cuando un sábado en la mañana vi un grupo de soldados formados en la entrada del cuartel, el oficial de guardia pasaba revista, previo a salir al día franco. El uniforme color mostaza, los típicos cachacos que pululaban los fines de semana por las calles de Lima y Callao. Pedro, lo habíamos visto con desprecio, lo veíamos con indiferencia, total no eran de nuestro circulo social. Yo estaba de acuerdo con esa apreciación…pero ahora, metido en el cuartel, me dio pánico, sabía que tenía que ponerme esa indumentaria. Me sentí humillado, reducido al nivel de mis tontos prejuicios.
¿Premonición? Recuerdo la vez que estuvimos de visita en el Real Felipe, muchachos aún, estábamos todavía en el colegio, llamó la atención nuestra presencia, nosotros orondos nos desplazábamos por las aceras interiores en medio de las miradas intrigantes de los guardias, entonces perjurábamos que nunca, ni por asomo la cachaquería rebujaría, aquellas nuestras poses petulantes.
El castillo lo conozco bien, tuve la oportunidad única de andarlo al revés y al derecho. Pedro es un pentágono de setenta mil metros cuadrados equivalente a siete hectáreas. El extremo superior izquierdo es la torre de la Reyna que recoge el frontispicio por el sur, hacia el mar. Es la posición más privilegiada porque todo absolutamente todo se ve. En el extremo superior derecho del pentágono, hacia el norte se encuentra el torreón del Rey, vigilante de la vida intramuros del fondeadero chalaco. Entré varias veces en su interior, hay un laberinto, si no se conoce bien es difícil dar con la puerta de salida, contando inclusive con almenas que alumbran suficiente. Este baluarte asombra a cualquiera por el profundo silencio que penetra hasta las entrañas. Hay aproximadamente dos kilómetros de foso continuo y cerrado alrededor de la muralla, debajo de los flancos del castillo. La idea del foso era llenarlo de agua para aislar el castillo, coge dos millones de galones de agua. Lo curioso de todo esto es que no se construyeron ductos para el posible desagüe. Te podrás imaginar la hediondez del charco con sus anejos mosquitos a falta de drenaje, nadie lo aguantaría. Hay una historia interesante, me la refirió el padre Jovino en una de las tantas conversaciones, fue en una visita que le hice en la iglesia el Faro de la avenida Dos de Mayo, aquella iglesia cerca del muelle; salía con permiso para llevarle unos documentos del cuartel. “Fíjate poliziotto, así me llamaba de cariño, por el norte del pentágono se ingresa al recinto de la fortaleza – el castillo Real Felipe- digno y enaltecido con honores; por el sur se evade humillado –cierto Pedro, había un portón maltrecho, lo conocían como la puerta del perdón, que daba frente a la avenida que lleva a Chucuito, frente al mar-. Lo sabía el Marqués de Rodil al ver alejarse a los desertores en los aprestos independentistas de 1825. Cuarenta años después, en 1866, , la puerta del perdón sirvió de trinchera en conexión con la plaza Santa Rosa del balneario de Chucuito, cuando los españoles intentaron retomar el antiguo virreinato de Lima; el inmenso combate del Callao catapultó como aguerrida la colonia italiana chalaca”.
Cuantas veces hemos visto un arma, en sin númeras oportunidades. No obstante poco sabemos de ésta. No quisiera que tomes el tenor de mis comentarios como una clase sobre armamento; lejos, muy lejos del punto en donde estoy ahora. Lo que te quiero señalar Pedro es algo imperceptible, pero que no por ello no menos importante. Me refiero a lo que es un valor común, un valor social. El valor social del armamento no tiene nada que ver con su precio, sino con la acendrada creencia de los cachacos; el apéndice de su vida, en consecuencia lo inadmisible de tenerlo arrumbado. Además la responsabilidad respecto del armamento que asumimos cuando estamos en el ejército. Pedro, en esto no vale pretextos, es de falta flagrante no cuidarlo de acuerdo a la formación que recibes en el cuartel, y no todos lo entendemos. Pues, Aniceto no lo entendía ni le importaba. Por boca del padre Jovino me enteré de la sustracción de armamento del cuartel. La evidencia era una pistola browning que la habían encontrado en un vulgar delincuente del Callao conocido con el nombre de Gorilita, apresado como sospechoso en el banco Wiesse de la avenida Sáenz Peña.

Siempre recordamos, Pedro, lo que despierta nuestros sentimientos, sean estos eventos agradables o repulsivos. Nunca olvidaré el himno nacional de Italia que cantábamos los alumnos del colegio los días lunes, temprano a las ocho de la mañana. Pues te diré que cuando nos daban la orden de romper filas en el cuartel, todos los cachacos al unísono, con el pecho henchido, expresábamos bruscamente viva el Perú, muera Chile. Con el tiempo sentí que esa expresión no tenía otro sentido que desarrollar nuestra actitud hacia la rivalidad, que no es otra cosa que vivir en un modo de vida competitivo. Desmitifiqué cualquier aversión hacia Chile, que no tenía otro significado que el que nos había dejado la guerra del pacifico con nuestro héroe Miguel Grau, o Francisco Bolognesi en el morro de Arica, dos símbolos militares, fundamento de la adoctrinamiento que a diario recibíamos como algo de rutina. Al fin y al cabo, cuando pasé a la vida civil no tuvo dicha incidencia más que la connotación de un significado insólito. Dudé y sigo dudando si la expresión beligerante a la que me refiero tendría algún significado para la horda de palomillas de barrio pobre, o de aquellos provincianos, serranos y cholos, ambos grupos que nutrían la tropa dejando atrás de manera provisional su realidad, que no era otra cosa que el drama de la pobreza, de la indigencia extrema, en los barrios del Callao o allá en la lejanía de los pueblos de la montaña peruana, que después conocí, que llevo en mis recuerdos como extraordinarias vivencias.

Yo vi el parte policial de la comisaria Alipio Ponce entre los papeles del escritorio del padre Jovino. No se sabe cómo Gorilita había penetrado en la sucursal del banco, se presume que fue la noche anterior; descubrieron una ventana abierta, ¡intrigante!, no estaba forzada. Pues Pedro, caro amigo, Gorilita pensó que el dinero estaba ahí en cajas de cartón, a la vista de cualquiera. Lo cierto es que desvelado y tenso quiso escapar del banco al ver solamente escritorios y mostradores y una puerta de hierro de color metálico brillante herméticamente cerrada, más no alcanzó la ventana por donde entró que estaba pegada al borde del techo, y tuvo que esperar hasta las horas de la mañana, cuando vio que una empleada abría la puerta principal de la sucursal. Notó desde el lugar en donde estaba agazapado, que el guardia de seguridad permanecía afuera, al pie de la entrada.

Rompemos esquemas Pedro, más tarde o más temprano. Los valores en forma de crisis van cambiando invariablemente durante la vida; los sentimientos no tienen caras, mucho menos en el ejército. ¡Corra recluta, corra! Está prohibido quedarse atrás. Pedro, el ejercicio es bueno; en el cuartel no importa que sea bueno o malo, que te haga daño o que te haga bien, que te guste o no te guste. A empellones me llevaba el cabo Coride, no negociaba con esto, cómo iba a negociar; no lo entendía, me le enfrenté, fue peor, caí en la insubordinación, el castigo fue atroz.

Un militar es fácilmente identificable porque es psicorígido. Leí Pedro un concepto de psicorígido en yahoo, veamos: …todo aquel que lleva las cosas y situaciones a lo extremo de lo recto y austero… muy rígido, no ceden ante los consejos y propuestas. Predominan sus teoremas o llevan al pie de la letra las leyes y patrones sociales o de higiene, por lo que lo coja, nunca creen que hacen nada incorrecto ni lo permiten a otros que lo rodean”. No menos de un problema me ha causado esta jodida formación en la anodina vida que nos rodea.

El sueño es el enemigo del cachaco. No duermo, y no es insomnio; menudo problema con mi compañera pues tardó en acostumbrarse a mi vigilia intermitente durante el reino nocturno de Morfeo. Se percibían cortas las noches en el cuartel, la ansiedad era la constante en las madrugadas, la disciplina castrense no toleraba al somnoliento, ¡espabila fatal! Expresión más que agria cuando resultabas aporreado inmisericordemente por la guardia de turno.

Probablemente – doy prueba de duda- a la gente no le gusta las vivencias en estrechez en medio de imágenes de opulencia que de pronto se tornan tormentosas, deseables hasta el nivel de lo indeseable, ahí en donde se incuban nuestros objetivos de vida, sueños que nos acompañan hasta el día…, el último día en que nuestro pulmones expulsan el halito de aliento que empezó con el desconcierto, el primer disgusto, la imperiosa necesidad que sentíamos de respirar en esos, los primeros instantes de nuestra polvorienta aventura, ...la vida. El cachaco no come sino lo hacen sus superiores, cuando le toca su turno se olvidada de comer,…traga! La agresividad, entonces, brota tan fácilmente, las fuerzas se multiplican,…, ahora es cuando, Pedro, hay que tener cuidado con el cachaco.

Pedro, necesitaba tiempo que no tenía; me resultaba difícil romper enraizados esquemas en tan corto tiempo, bajo la celosa vigilancia militar que no negociaba, intolerante al sentimiento y al dolor. Trataba de controlar mi angustia para que no derivara en pánico. Las convulsiones en mi cuerpo hicieron su terrible aparición; esto ocurría en las noches militares,... oscuras, muy oscuras y frías como el témpano.

Por eso Pedro el cachaco es triste, impersonal, lleva por dentro la letanía de sus sentimientos, guarecidos a lo hondo de los recuerdos, allá, muy cerca del olvido.(Continúa...)

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